viernes, 30 de octubre de 2009

“Yo siempre tengo razón”

“Yo siempre tengo razón”por Vicente Fatone
“Quien no opina como yo está equivocado”.
Este es el convencimiento secreto de todas las personas que discuten. Y es lógico que así suceda, porque tener una opinión significa creer que se tiene una opinión acertada; de donde resulta que quienes no tengan la misma opinión tendrán forzosamente una opinión errónea.
El que las propias opiniones sean siempre acertadas se basa en un hecho ya señalado en un pequeño librito de cincuenta páginas escrito por el señor Descartes. Comienza diciendo, ese librito, que la inteligencia es la cosa mejor repartida del mundo, pues cada uno está conforme con la que tiene. Es decir: con la mucha que tiene; a lo cual puede agregarse que cada uno está conforme, también, con la poca que tienen los demás. Gracias a la mucha inteligencia que uno tiene y a la poca que tienen los demás, resulta que quien siempre está en lo cierto es uno mismo, y quienes siempre se equivocan son los demás.
Como opinar es tener razón, lo terrible es que a uno no lo dejen opinar y le griten: “¡Usted se calla!”. Así los padres le amargan a uno la adolescencia, y de la misma manera se la amargan los profesores de matemáticas pues en matemáticas resulta que tampoco lo dejan a uno opinar, que es no dejarlo tener razón. Y lo mismo sucede en la comunidad, cuando uno les grita a todos: “¡Ustedes se callan!”, después de lo cual ese uno puede, justamente, decir: “¡Yo siempre tengo razón!”.
En el famoso librito del señor Descartes se aconseja no discutir y conformarse con la generosa dosis de inteligencia que Dios le ha dado a cada uno, sin regocijarse por la poca que le ha dado a los demás. Pero sería falso sostener, sin embargo, que las discusiones son inútiles, porque de ellas no surge ninguna verdad. Surge, por lo menos, la reafirmación de dos verdades: precisamente las que se refieren a la mucha inteligencia de uno mismo y a la poca ajena. (Con la ventaja de que de esas dos verdades se convencen las dos personas que discuten). Como, en definitiva, toda discusión tiende a reafirmar ese convencimiento, no conviene invocar razones que compliquen una cosa tan sencilla. Las razones se invocan para demostrar la propia inteligencia, pues tener razón en algo es ser inteligente en la apreciación de ese algo. De ahí que cada uno se resista a aceptar las razones ajenas, y de ahí, también, que cada uno diga que el otro no quiere entender razones. El que discute no acepta razones, y hace bien, porque aceptar razones es reconocer que quien está equivocado es uno mismo y no el otro. Y para llegar a eso no valía la pena discutir. Lo mejor, pues, cuando alguien desconocedor de la técnica de la discusión invoca razones, es recurrir al argumento clásico y definitivo y decirle: “¡A mí no me va a convencer con razones!”. (O de otra manera, más popular, pero menos sabia: “¿Usted me quiere trabajar de palabra?”).
Un procedimiento eficaz para evitar que la discusión se complique con razones es emitir la propia opinión lo más oscuramente posible. Es el consejo que hace veintitantos siglos daba el señor Aristóteles, que de estas cosas entendía una barbaridad: “Es necesario presentar oscuramente la cosa, pues así lo interesante de la discusión queda en la oscuridad”. Si el otro no entiende, tendrá que confesarlo, y confesar que no se entiende algo es confesar que la inteligencia no le da para tanto. (Con este procedimiento se evita, además, que aprendan gratis los curiosos atraídos por la discusión).
Lo molesto, en una discusión, es que cuando uno está exponiendo sesudamente sus opiniones, el otro lo interrumpa para preguntarle: “¿Me permite, ahora, hablar a mí?”. O sea: ¿Me permite opinar? Pero, ¿cómo se lo va a dejar al otro que opine? ¿Cómo se lo va a dejar que, opinando, se forme el prejuicio de que tiene razón? A veces, el otro, pasándose de vivo, lo interrumpe a uno para decirle: “¡Yo no opino lo mismo!”. Y con eso cree tener razón, sin darse cuenta de que precisamente porque no opina lo mismo está equivocado. De ahí que, para abreviar la discusión y demostrarle rápidamente al otro que está equivocado, conviene preguntarle: “¿Usted no opina lo mismo?”. Si contesta que sí, reconocerá que quien tiene razón es uno; y si contesta que no, estará perdido, pues habrá confesado que quien no tiene razón es él. Por eso, quienes saben qué está en juego en una discusión, si se les pregunta: “¿Usted no opina lo mismo?”, contestan evasivos: “Mire, yo francamente…”. El “francamente” es para despistar. Los que así contestan son los que no tienen interés en ponerse de acuerdo con nadie. Y, si se mira bien, se verá que en las discusiones nadie puede tener interés de ponerse de acuerdo con nadie. Si después de discutir dos horas es necesario admitir que se estaba de acuerdo, se produce una doble decepción, porque cada uno se ve obligado a estar conforme con la mucha inteligencia que al otro le ha tocado en suerte, que es una manera de no estar conforme con la poca inteligencia que le ha tocado a uno. Y para llegar a eso, tampoco valía la pena discutir.
Como se ve, una buena discusión es toda una técnica de higiene mental; en las discusiones conviene que hable uno sólo y que el otro sea quien confiese que no opina lo mismo. En rigor, cuando se discute no interesa decir qué opina uno mismo ni averiguar qué opina el otro.
Lo que interesa es decirle al otro que está equivocado, como se asegura que hacía Unamuno. Unamuno entraba en una reunión y preguntaba: “¿De qué se trata? ¡Porque yo me opongo!”. Y les demostraba enseguida, sin dejarlos chistar, que todos estaban equivocados. Y si a alguien se le preguntaba después: “¿Qué dijo Unamuno?”, ese alguien contestaba: “¡No sé! ¡Pero tenía toda la razón del mundo!”.
Y ahora algún lector podrá sostener que no, que todo esto es falso, que la técnica de la discusión no es ésa.
Pero ese lector, por el simple hecho de confesar que no opina como nosotros, reconoce, sin quererlo, que está equivocado.
(Publicado originalmente en el periódico El Mundo el 17 de octubre de 1939)

LAS DISTORSIONES COGNITIVAS. COMO LA PERCEPCIÓN MAL UTILIZADA NOS PUEDE PERJUDICAR (O como manejarnos mejor con la percepción)
Estas distorsiones de pensamiento o trampas son aprendidas de nuestro sistema cultural y familiar y nos dificultan la percepción de la realidad:
* Hipergeneralización: A partir de un hecho aislado se crea una regla universal, general, para cualquier situación y momento: He fracasado una vez (en algo concreto); !Siempre fracasaré! (se interioriza como que fracasaré en todo).
* Designación global: Se utilizan términos peyorativos para describirse a uno mismo, en vez de describir el error concretando el momento temporal en que sucedió: !Que torpe (soy)!.
* Filtrado: Se presta atención selectiva a lo negativo y se desatiende lo positivo.
* Pensamiento polarizado: Pensamiento de todo o nada. Se llevan las cosas a sus extremos. Se tienen categorías absolutas. Es blanco o negro. Estás conmigo o contra mí. Lo hago bien o mal. No se aceptan ni se saben dar valoraciones relativas. O es perfecto o no vale.
* Autoacusación: Uno se encuentra culpable de todo. Tengo yo la culpa, !Tendría que haberme dado cuenta!.
* Personalización: Suponemos que todo tiene que ver con nosotros y nos comparamos negativamente con todos los demás. !Tiene mala cara, qué le habré hecho!.
* Lectura del pensamiento: supones que no le interesas a los demás, que no les gustas, crees que piensan mal de ti…sin evidencia real de ello. Son suposiciones que se fundamentan en cosas peregrinas y no comprobables.
* Falacias de control: Sientes que tienes una responsabilidad total con todo y con todos, o bien sientes que no tienes control sobre nada, que se es una víctima desamparada.
* Razonamiento emocional: Si lo siento así es verdad. Nos sentimos solos , sin amigos y creemos que este sentimiento refleja la realidad sin parar a contrastarlo con otros momentos y experiencias.

Fuente: Libro ” Yo tengo razón, tu estás equivocado, La percepción es la base para comprender la naturaleza del pensamiento”. Edward de Bono. Ediciones B.

La realidad es independiente de las creencias que tengamos sobre lo que es la realidad

viernes, 9 de octubre de 2009

Arboles... un sentimiento

Arboles... un sentimiento
El césped se arruina debajo de ellos.
Sus ramas obstruyen la línea de juego.
Acaparan la luz del sol y el agua.
¿Con todos los problemas que pueden presentar los árboles maduros, por qué los golfistas detestan que se saquen?
Por David Gould, Golf Journal Mayo 2000
Generaciones atrás, con algunos hábiles golpes de la pala, los trabajadores del Manufacturer´s Country Club cerca de Filadelfia , Pennsylvania, plantaron un árbol joven al costado del green del hoyo 13. El pequeño y delgado árbol de madera rojiza amplió sus raíces y desplegó sus ramas. Eventualmente arruinó el hoyo.
Como castigo por obstruir tiros bien ejecutados desde el tee de este hoyo par 3, el árbol ya maduro fue derribado. Pero antes de que el aserrín fuera alejado por el viento, se hicieron sentir innumerables recriminaciones. Ya sea consciente o inconscientemente, la mayoría de los golfistas son activistas a favor de los árboles. Antes de llegar a la mitad de la década de los 80, el mandato de cualquier cancha de golf hacia su superintendente era claro: alimente los fairways, mime los greens y manténgase alejado de nuestros preciados árboles. De un tiempo a esta parte esta concepción ha ido cambiando.
“En los últimos 10 a 15 años, los árboles finalmente quedaron incluidos en los procesos de mantenimiento de las canchas” comenta Ken Knox, un experto en árboles que ha sido consultado por los clubes desde los años 50. Según Knox, el cuidado bien definido de los árboles debería haber comenzado hace mucho tiempo, pero las canchas se resistían a gastar dinero en árboles o a inmiscuirse en la estética del paisaje. Ignoraron la posibilidad de que los árboles de grandes troncos o las coníferas pudieran bloquear los “corredores de juego” naturales y compitieran con el césped por el agua y la luz solar. El tiempo transcurrió y, como afirmó Knox, “las canchas envejecieron, sus árboles crecieron y los problemas fueron demasiados como para ignorarlos”. El resultado natural impulsado por los avances de los agrónomos era llevar adelante un tratamiento más científico y menos romántico.
Sin embargo algunas de las canchas se mantienen en la época de las cavernas. Soportan céspedes débiles (incluso greens agonizantes), approaches bloqueados, hazards resguardados y una claustrofobia general. La pregunta probablemente sea cuando, y no si eventualmente estas canchas de golf cambiarán sus posturas con respecto al cuidado y a la tala de árboles. La planificación a largo plazo se ha convertido en una práctica habitual en el mantenimiento de las canchas a la vez que muchos superintendentes han ido creando un inventario computarizado de cada árbol dentro de la propiedad. La plantación de árboles se lleva a cabo con visión de futuro. E incluso en el campo ambiental se ha demostrado que es más sensato dirigir la vida del árbol en una cancha - a menos, claro, que usted desee que los céspedes busquen su propia calidad al azar.
En el Canterwood Golf and Country Club en Gig Harbor, Washington, el par 5 del hoyo 1 puede volverse a jugar como se lo diseñó originalmente. Para recuperar la línea de juego se necesitó que el comité de cancha (green committee) del club y el superintendente Scott Young decidieran derribar un grupo de abetos que estaban bloqueando los approaches y la posibilidad de ubicar la pelota a unas 80 yardas del green. La oposición a la tala de los árboles fue agresivamente vociferada por un jugador.
“El socio que se opuso decididamente a nuestro plan es un tipo que, bueno, simplemente ama los árboles, explicaba Young. La campaña de este activista para “salvar los abetos de Canterwood” todavía estaría vigente de no haber sido por una plaga que entró en escena. “ La parte superior de cada árbol estaba muerta y la plaga se estaba propagando hacia las raíces, de otro modo es muy probable que todavía estuvieran ahí, agregó Young. Ahora los trabajos realizados en Canterwood siguen un conjunto de normas de mantenimiento que de hecho pasaron a formar parte de los estatutos del club.
En una cancha pública los árboles sienten los dientes de las sierras ni bien los directivos sienten que deben cortarlos. En los clubes privados, los socios hacen lobby para evitar la tala de los árboles basándose en preceptos sentimentales, de intervención en el juego o en el medio ambiente. El ángulo ambiental, una vez investigado, generalmente favorece la contención agresiva de los árboles: El césped que se ve obligado a competir por agua con las raíces de los árboles, mientras que esos mismos árboles obstruyen la luz solar, sufre un estrés tal que le estimula el uso de una mayor cantidad de agua, pesticidas y herbicidas - palabras prohibidas entre los ambientalistas.
Los sentimentalismos que se utilizan en contra de la tala de árboles sólo pueden combatirse con educación. Se debe mostrar a los jugadores que un mantenimiento intensivo del césped combinado con una política de laissez faire (dejarlo ser) en materia de árboles es una contradicción; cuando el crecimiento de un árbol no es controlado, incuestionablemente limita el crecimiento del césped. En cuanto a esos pedidos a gritos en contra de la tala de árboles por una cuestión de mantener la dificultad y el desafío existentes, se requerirán una educación y comunicación de otro tipo.
“Cualquier cancha que llega a la conclusión de que está abarrotada de árboles seguramente enfrentará un difícil acto de equilibrio”, comenta Brian Silva, un reconocido arquitecto de canchas y ex-agrónomo de la USGA. “ La reapertura de los corredores de juego y la estimulación del crecimiento de nuevas pasturas lo obligan a derribar obstáculos, lo cual llevará a que algún golfista comente: ¡que fácil hicieron las cosas!.
”La arquitectura de una cancha siempre da lugar a diversas opiniones por lo que el campo de la tala de árboles debe ser lo suficientemente articulado para explicar los principios de diseño básicos. Su argumento general es que un enfoque punitivo del diseño, en el cual virtualmente todas las formas de dificultad son consideradas válidas, es distinto de y mucho menos favorecido por el llamado enfoque estratégico.
“Para el golfista que gusta de la arquitectura punitiva - y a la mayoría de la gente no le agrada - perder los árboles que bloquean el juego será algo malo,” dice Silva. “Usted debe demostrarles que el desafío estratégico original del hoyo, ya sea que fuera bastante básico o complejo y sutil, eventualmente será reemplazado por un tipo punitivo de desafío si el crecimiento del árbol no se controla”. El juego desde el tee hasta el green, según Silva, debe incluir opciones y riesgos. “No se trata de toparse con muros,” agrega. “Y un árbol voluminoso maduro puede ser justamente eso, un muro.”
De todos los debates relacionados con los árboles maduros que rodean los greens, los más fáciles de solucionar son aquellos que conciernen a los hoyos de un solo tiro tal como el ejemplo que dimos al principio del artículo del hoyo 13 del Manufacturer’s. No importa cuan Gótico o retorcido pueda ser el punto de vista de la arquitectura de una cancha, no puede defenderse el concepto de un par 3 con dogleg.
“Jugar un tiro a buena desde los árboles no es uno de los desafíos esenciales del golf,” dice Silva. “Y esa situación no es diferente a encontrarse en una cárcel en el medio del fairway. Ambas situaciones son inventadas. Son artificiales.” Es un comentario irónico dado que las situaciones normalmente se producen dejando que la naturaleza siga su curso.
Cuando se dieron a conocer los planes para talar árboles en el California Golf Club, en el sur de San Francisco, los socios le preguntaron a los profesionales del club cuales eran los desafíos que iban a quedar. Mike Fabian, el asistente del profesional, respondió con palabras que repitieron los comentarios de Silva acerca de lo natural versus lo inventado y estratégico versus punitivo.
“Ellos querían saber si al derribar ciertos árboles la cancha sería más fácil,” recuerda Fabian. “La respuesta básica fue que sí, pero que más fácil no significaba fácil.”
La gente que estaba familiarizada con el esfuerzo de derribar árboles del California G.C. dicen que debieron llevar a cabo una operación virtual de remoción de troncos para restablecer la luz solar y el movimiento de aire necesarios para obtener un césped sano. Los factores de buenas condiciones de juego, si bien son significativos, eran secundarios ante los factores de crecimiento del césped. “Teníamos tiros desde el tee del par cinco del hoyo 4 y del par 4 del hoyo 6 que se jugaban desde pasadizos de árboles que lo obligaban a uno a jugar un slice o un fade,” recuerda Fabian. El y sus colegas reconocieron que los golfistas que tenían suficiente poder y habilidad para crear sus tiros con el driver a través de un dogleg merecían una recompensa mayor, “pero eso es muy distinto a tener que cortar la pelota o pegar un hook desde el tee de salida solamente para que la pelota quede jugable.”
Cuando una cancha está asfixiada por los árboles es inútil tratar de encontrar al culpable. Por lo general existe una razón lógica, o al menos una excusa detrás de una situación desfavorable:
A. Sobreplantación intencional o falta de poda en las partes inferiores durante la construcción. Cuando el arquitecto Robert Muir Graves diseñó Canterwood, dejó una densa pared de árboles a lo largo de los hoyos perimetrales que rodeaban los lotes de casas futuras. “Al no saber cuántos árboles derribaría el constructor de casas, Graves intencionalmente dejó demasiados árboles,” comenta el superintendente Young. “Se suponía que el club regresaría a podar los árboles, pero no lo hicieron.”
B. La plantación de árboles como tributo o dedicación “con una pequeña placa en memoria de uno u otro socio es algo común en los clubes”, apunta el arquitecto Mark Hollinger. Por su experiencia, la decisión de qué especies plantar y dónde plantarlas pocas veces guarda algún tipo de relación con el paisaje. Esto también es válido para las decisiones sobre plantar árboles tomadas por las comisiones de canchas en general. “Nos llaman para renovar una cancha y nos encontramos con toda una masa de árboles” que no fueron planeadas arquitectónicamente, dice Hollinger. A medida que crecen estos árboles tributo a fulanos, invariablemente ocasionan problemas. Para dichos recuerdos, Hollinger sugiere bancos de hierro forjado.
C. Plantación excesiva como respuesta a una baja tasa de éxito. Según Knox , los constructores, superintendentes y paisajistas cometen errores al plantar árboles. “Plantan a demasiada profundidad, generalmente se inclinan por un stock del vivero limitado en su raíz y eligen especies que no son adecuadas para el lugar en que han de plantarse. El resultado son muchos árboles perdidos por causa de enfermedades y tormentas. Al darse cuenta de estos errores, los clubes los compensan con patrones de plantación erráticos y super-activos.
D. Sentimientos encontrados hacia los greens inmersos en nichos de madera. Como agrónomo de la USGA en el cálido y húmedo sudeste, Patrick O’Brien se ha convertido en un renuente experto en los masivos ventiladores de exteriores que se instalan para evitar la sofocación de los greens con bentgrass. “Cada vez que se construye una cancha, la gente se la pasa diciendo muchas cosas positivas al respecto. Yo solo me hago una pregunta: ¿Sobrevivirá?” dice O’Brien. “La razón por la cual necesitamos estos ventiladores de U$S 4.000 es porque la gente sigue sembrando greens con bentgrass en el medio de bosques, donde hay demasiada sombra y poca circulación de aire. Les parece que se ve bien y luego el césped muere.”

Los árboles crecen lenta y gradualmente, y en las canchas donde el césped es bien atendido el mismo se deteriora al mismo ritmo e imperceptiblemente. La Old Warson Country Club en St. Louis, diseñada por Robert Trent Jones y finalizada en 1955, sufrió un césped cada vez más escaso en el rough, bordes de los greens y superficies de tres greens , además de debilitamiento del césped en varios tees. Los hoyos que presentaron este problema se encuentran en el borde este de la cancha, el cual limita con el frondoso McNaughton Park. “Cuando se agregan los árboles del parque a nuestros propios árboles, perdemos el doble de circulación de aire,” comenta el superintendente Steve Janssen. “Esta no es una situación saludable para el bentgrass que se encuentra parcialmente a la sombra y con alturas de corte bajas.”
Janssen y su comisión de cancha empezaron a identificar los árboles que debían talarse. “No queríamos hacerlo, recuerda,” nadie realmente quiere derribar árboles sanos. Pero se llevó a cabo de la manera adecuada “tuvimos reuniones, todos los socios fueron informados.” Y luego tuvieron un regalo imprevisto: una hermosa vista a través de los árboles y a lo largo del hermoso entorno del McNaughton Park. “Nos felicitaron por el acondicionamiento de la cancha y por la vista,” comenta Janssen.
Dick Fisher, el jefe del equipo de mantenimiento del Farmington Country Club en Charlottesville, Virginia, sufrió una batalla mucho más dura acerca de la tala de árboles. “La gente todavía habla de los árboles que sacamos hace cuatro años,” comenta Fisher resignado. “Cuando empezamos a hacer el trabajo, no escuchamos otros comentarios que “terrible” y “ustedes arruinaron la cancha”. Hasta que llegó un punto en el que dijeron, está bien, el césped está mucho mejor, pero todavía extrañamos esos grandiosos árboles.”

La estética lograda por la tala de árboles en Farmington fue lo suficientemente dramática como para cercenar los comentarios sobre los cambios en las condiciones de juego. Particularmente el caso de las copas de unos robles ubicados en el dogleg del par 4 del hoyo 12, que hacían que los lugares donde debería descansar la pelota fueran inaccesibles. El mismo trabajo realizado sobre los árboles para permitir el paso del aire y la luz hacia el césped permitió jugar drives más arriesgados.

Al igual que sus pares en Farmingtn y Old Warson, los socios del Cedar Point Club en Suffolk, Virginia, han sido persuadidos de que la privacía proporcionada por hileras de árboles en cada hoyo debería sopesarse y compararse con el placer de vistas más abiertas. “Estoy casi seguro de que la mayoría de los clubes que tiran abajo árboles para aumentar la circulación de aire y luz terminarán con paisajes más maravillosos,” nos dice el superintendente de Cedar Point Steve Geller, cuyo programa de árboles está considerado uno de los más proactivos del país. “Dejarán que sus canchas se conviertan en pasillos aburridos si permiten que los árboles crezcan sin supervisión.”

Algunos proyectos de tala de árboles logran elogios inmediatos de los socios. Esto ocurre cuando los árboles más elegantes reciben lugares más predominantes al retirar los árboles innecesarios. Si bien la práctica del paisajismo data desde los tiempos de A.W. Tillinghast, la misma aplicada a limpiar áreas que están fuera de juego puede reducir las áreas favorables para la vida salvaje vegetal y animal.
Las protestas elevadas a Fisher y a su comisión de cancha en Farmington C.C. hicieron que él presentara una contrapropuesta más agresiva. “Me dio la oportunidad de decir, Señores, si no quieren ver caer estos árboles, es hora de que empecemos a cuidarlos.” En el caso de Farmington, el cambio hacia una política proactiva fue facilitado por la presencia de Janet Robinson. Una empleada con el título de gerente de suelos, había utilizado su extensa experiencia y entrenamiento en horticultura para establecer un programa de árboles de rutina en los cinco acres que rodeaban el club house.
“Ella tenía un inventario de toda la población de árboles,” explica Fisher, incluyendo especie, edad, tratamientos químicos y fecha de la última y próxima poda. Este enfoque ejecutivo dió tan buenos resultados que se extendió a toda la cancha. Robinson y Fisher licitaban los trabajos de poda, control de plagas y otro tipo de mantenimiento.
En el club Inverness en Toledo, Ohio, el mantenimiento ha evolucionado hacia un programa maestro en el cual los árboles ya no están aislados. El club protege el diseño de 1919 de Ronald Ross hasta el punto en que raramente pueden darse el lujo de ser sentimentales con respecto a un roble.
“Nuestro plan maestro empezó con un proyecto de drenaje de bunkers,” dice Tom Walker, superintendente de Inverness. “Al mismo tiempo que se planeaba dicho trabajo, decidimos dar otro paso adelante y reconstruir la tubería de desagote principal que recibía agua de los drenajes de los bunkers” y replantar con césped los roughs de los costados de los greens, el cual se había deteriorado en algunos puntos. El efecto dominó estaba en su punto máximo por lo que aquellas raíces de árboles que obstruían los drenajes y las ramas que quitaban luz a los nuevos panes fueron retirados.
Eventualmente el cuerpo directivo de Inverness, incluyendo al internacionalmente conocido diseñador Arthur Hills, quien oficia de arquitecto consultor del club, pusieron por escrito una serie de pautas sobre política de mantenimiento de árboles en su plan maestro. Los trabajadores miden incluso las longitudes de las sombras creadas por los árboles que se encuentran adyacentes a los tees, fairways y greens. Si las sombras crecen demasiado se busca una solución.

La mayor toma de conciencia ambiental de los trabajos realizados en las canchas de golf a favor de nuevos “programas de árboles”. Desde el punto de vista ambiental, cualquier reducción en las horas de sombra llevará a que las raíces del césped sean más fuertes y resistentes a las enfermedades. Resultado neto: un menor requerimiento de aplicaciones químicas.
Pero por otra parte, la sombra de un día de verano puede despreciarse solamente hasta cierto punto. Y si el apego a ciertos árboles puede llamarse sentimentalismo, no es lo mismo que llamarlo irracional. Gayle Samuels, un historiador de culturas que escribió el libro “Enduring Roots: Encounters with Trees, History and the American Landscape” (Soportando las raíces: encuentros con los árboles, la historia y el paisaje americano) dice que las hojas del césped, a diferencia de los árboles, no pueden ser escaladas ni tampoco los niños pueden construir fuertes o tallar sus nombres en ellas.

“Los seres humanos se han apegado sentimentalmente a los árboles durante años,” nos comenta Samuels. - Un elemento natural como los pantanos es ciertamente importante, pero los primeros pobladores escogieron el amparo de los robles y olmos para sus reuniones de consejo o para firmar documentos. Cuando alguien ve la caída de un árbol probablemente imagine una discontinuidad entre ellos mismos y los ancestros que utilizaron la tierra antes que ellos, incluyendo familia y viejos amigos.

Consciente o inconscientemente, Samuels probablemente esté describiendo un árbol que se encuentra al costado de un dogleg en la cancha donde usted juega y que fuera plantado en la época en que su abuelo era el campeón del club, un ejemplar al cual el viejo deportista se refería como el más bonito de la propiedad.

Por supuesto, en esos días, ese adorado árbol era lo suficientemente pequeño como para jugar una madera 3 por encima de él.